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Palma – Sa Calobra

Palma – Sa Calobra
La ruta absoluta

Aunque hay rutas alternativas de Palma a Sa Calobra, os proponemos la que, a nuestro juicio, es la más cómoda e interesante. Ajustada, además, a la duración de un día (un día, dicho sea de paso, que os parecerá varios).


Cubre una distancia total de unos 70 kilómetros, un buen número de ellos por autovía.
Desde Palma, tomaremos la Ma-13
Apenas en media hora, comenzaremos a disfrutar.

Binissalem, cortesía especial para el enoturista.

 

Cualquier amante del vino que visite Mallorca debe hacer en Binissalem una escala obligada. Se trata de un pequeño pueblo de interior que viene a ser el núcleo, con pueblos circundantes, como Santa Eugenia y Santa María, de un área geográfica con una larga tradición vinatera.

Naturalmente, cuenta con una Denominación de Origen: Binissalem. Y ofrece al turista una Ruta del Vino que incluye en su recorrido no menos de una decena de bodegas. Ahí pueden degustarse, a placer, las principales variedades autóctonas: Manto Negro, Callet y Moll.

Si programas tu visita a Mallorca en fechas tempranas (mayo), podrás disfrutar además de la Feria Wine Days Mallorca, un evento de varios días orientado a catas y diversas visitas a bodegas. Si, por el contrario, prefieres venir en septiembre, cuando el calor comienza a aflojar (no demasiado, tampoco te creas), podrás asistir a las fiestas locales de la vendimia, las Festes des Vermar.

 

 

Inca, cuero y piel.

 

Antes de adentrarnos en la Serra de Tramuntana, y todavía en llanura, llegaremos a Inca, un foco neurálgico de la isla y el tercer núcleo de población de Mallorca. 

Podemos aprovechar para tomar allí algún bocado antes de la ascensión, puesto que uno de los puntos fuertes del lugar son sus cellers, restaurantes especializados en gastronomía local. Pero si por algo es Inca un referente, incluso más allá del ámbito nacional, es por su histórica industria textil. Enfocada, principalmente, al cuero. Y, muy en especial, al mundo del calzado

En Inca encontrarás una vasta oferta de shopping. Nuevas tendencias y outlet.
Merece la pena un paseo.

 

 

Selva y Caimari, un remanso de montaña.

 

Adentrarse en la Serra de Tramuntana, la cadena montañosa que cruza la isla de norte a sur por el oeste, es una experiencia única. Y, desde luego, merece de por sí una entrada especial en nuestra WEB. Aun así, es inevitable reseñarla en gran parte de las rutas turísticas de la isla. Porque para acceder a muchos de sus enclaves (sin ir más lejos, Sa Calobra), debe uno atravesarla. Y es de agradecer, damos fe.

En la ruta que hoy nos ocupa, nos encontramos con dos pequeños pueblos de montaña que se hallan a los pies de la Sierra: Selva y Caimari. Y así como en otras escalas subrayamos los hitos de mayor interés, aquí no vamos a hacerlo. Y no porque no los tengan (tan sólo con su tradición en la producción de aceite o en el oficio de carbonero, en los bosques de encinas colindantes, necesitaríamos un espacio del que aquí no disponemos), sino porque el placer, en este caso, consiste en sentarse en una terraza de cualquier cafetería, respirar y contemplar sin prisa la Sierra. No hace falta nada más.

 

 

Santuari de Lluc, idílico.

 

Lo ideal, a estas alturas de nuestro recorrido, sería llegar al Monasterio de Lluc alrededor de la hora del almuerzo. Habremos comenzado ya la ascensión a la Sierra, dado que el monasterio se encuentra a una altitud de unos 500 metros, y conviene recabar fuerzas para el próximo trayecto por carretera hacia Sa Calobra.

La iglesia de Lluc fue erigida en el siglo XVII para venerar a la Virgen Negra “La Moreneta”. Frecuentado el complejo incesantemente por peregrinos y turistas, está dotado de todas las comodidades. Cuenta con restaurante, espacios de ocio, museo e incluso con un jardín botánico de flora autóctona. Es más, si te animas a visitarlo de nuevo, incluso cabe que te plantees la opción de pernoctar allí. Para ello puedes elegir bien entre las propias estancias que ofrece el Monasterio (celdas incluidas, anota), bien entre las zonas permitidas para acampada.

Ni que decir tiene, por cierto, que las vistas desde allí son espectaculares. De postal.

 

 

Sa Calobra y el Torrent de Pareis, la merecida recompensa.

 

Para llegar a Sa Calobra, destino de nuestra ruta, debemos tomar la carretera MA-2141. Y dicha carretera, hay que advertirlo, merece un capítulo aparte.

Porque no es tan sólo un medio para alcanzar nuestro destino. Es, en sí, otra experiencia de la que se debe disfrutar. Se trata de un trazado serpenteante (de hecho, Sa Calobra significa La Culebra) de 14Km. de longitud. Y baste decir que en esa distancia se cubre un descenso desde su cima, a unos 700 metros de altitud, en el Coll des Reis, hasta el nivel del mar. Hay pendientes, en ciertos tramos, que rondan un 7 por ciento de desnivel. Por si eso no fuera suficiente, también hay que señalar que la vía es relativamente angosta y que discurre en todo momento entre acantilados.

Ahora bien, ese trazado, ciertamente tortuoso (entre otros hitos, pasaremos por el denominado “Nudo de Corbata”, donde la carretera pasa por debajo de sí misma), no deja de ser un viaje entre los paisajes rocosos más hermosos que puedan imaginarse. El entorno es un collage de barrancos, perfiles rotos de montaña, torrenteras y, al fondo, en ocasiones, retazos espléndidos del mar Mediterráneo.

Si no hay un tráfico extraordinario, en media hora, aproximadamente, habremos alcanzado nuestro objetivo: Sa Calobra.

 

 
Qué decir de un lugar cuando una sola de sus imágenes desborda cualquier expectativa. Al final de nuestro recorrido, nos hallaremos en una cala de unas dimensiones discretas; alojada, en contraste, entre macizos montañosos monumentales. Los tonos grises de la piedra, salpicados ocasionalmente por irrupciones verdes de vegetación, nos dejan un horizonte único de cara al mar, donde la gama de azules dibuja un arcoíris peculiar: celeste, marino y turquesa.
 
A escasos metros, si aún nos queda capacidad de asombro, contamos con otra maravilla natural, la desembocadura del Torrent de Pareis, en cuyos primeros tramos podemos internarnos sin peligro.
 
Ambos lugares son indescriptibles. Deben verse, sin más. Y no en foto, sino sumergido uno en ellos. 
No os contamos nada, para terminar, de su puesta de sol.